Ruinas artificiales2019-2023



Espacio Amazonas, Madrid. 2026
Escribía Gustave Flaubert que los temas no se escogen, se padecen, casi como si fueran una enfermedad. Desde el principio, están en todo lo que escribimos. Y también en todo lo que vemos. Hasta tal punto que uno acaba reconociéndolos rápidamente en los demás.
Los que estamos enfermos de memoria, obsesionados por el paso del tiempo, identificamos muy pronto a quien padece esta dolencia. Tal vez por eso cuando descubrí la obra de María Bernal sentí de inmediato esa pulsión de memoria, esa preocupación por preservar el recuerdo de los que ya no están. Eso lo observé en Memento mori, el bello relicario que sirve como memoria del cuerpo de su abuela. Una memoria viva, pues la práctica de María Bernal tiene que ver con la reflexión sobre el pasado, pero especialmente con los modos en los que ese pasado se integra y continúa con vida en el presente. A través de otra generación, de otros ojos, de otro cuerpo. Es quizá “la herencia” el verdadero tema de toda su obra. El legado –lo que permanece en nosotros, en nuestra memoria, en nuestra vida– de aquellos que ya no están. Eso se puede comprobar en sus pinturas y dibujos sobre costumbres, tradiciones, en el uso de la técnica, en la elección de las imágenes… La obsesión por perpetuar la memoria ante la amenaza del olvido.
Esa reflexión, que es posible rastrear en la escultura, el dibujo o la pintura desde sus primeros trabajos, es la que encontramos modulada a través de la fotografía en Ruinas artificiales, la serie fotográfica que se muestra en este Salón de la Crítica. Aquí, a través de la fotografía analógica, Bernal se enfrenta de nuevo a la memoria, en este caso a la del paisaje y el territorio afectivo. Lo hace a través de una tecnología que también engarza con el tiempo pasado, la fotografía analógica. Y con ella genera unas imágenes que parecen conducirnos a un tiempo pretérito. Imágenes ruinosas, imprecisas, casi diríamos que “fallidas” –en el sentido que ha estudiado Ernst van Alphen–. Imágenes sobre las que parece situarse un ligero velo que nos impide ver la verdad, lo que se oculta detrás, lo que nunca se muestra en todos sus perfiles. Imágenes desvanecidas, como a veces también se desvanece la memoria.
En la época de la alta definición y la transparencia, estas imágenes de María Bernal nos hacen agudizar la mirada para tratar de vislumbrar –“entrever”– lo que hay tras la veladura, pero sobre todo nos hacen consciente de que hay un secreto que no podemos distinguir del todo, algo que se guarda, que no puede ser mostrado. Regresa así la fotografía a ese sentido enigmático al que se refería Diane Arbus cuando decía que “una fotografía es un secreto sobre un secreto”. Las fotos de María Bernal, desde luego, lo son. Secretos, sí. Pero también, y por encima de cualquier otra cosa, imágenes hermosas que reclaman la atención sobre sí mismas. Fotografías que a simple vista podríamos confundir con pinturas abstractas, que nos hacen pensar en las abstracciones del color field de Barnett Newman o Mark Rothko, a las pinturas imprecisas de Gerard Richter. Fotografía que se experimenta incluso más allá de lo que cuenta, de ese secreto al que no podemos acceder. Fotografía que nos hace fijarnos en el propio velo, detenernos en el acto de mirar, en el telo de la imagen fotográfica, y en esa imposibilidad de apresar del todo el tiempo tal y como fue. En ese pasado que se nos escapa pero también que destella y nos atraviesa.
Miguel Ángel Hernández


